domingo, 16 de enero de 2011

Era raro, pero nunca se sintió tan intimidada como en aquellas consultas en el dentista, cuando se tumbaba boca arriba en el incómodo sillón reclinatorio. Él la elevaba unos centímetros, y con el foco cegándole por completo le miraba con sus intensos ojos verdes por encima de la mascarilla blanca.
-Abre la boca – ella obedecía e intentaba buscar un punto infinito en el que perder la vista. Tal vez aquellos minutos hubieran sido menos eternos con las persianas más bajas.

1 comentario:

Sergio dijo...

El sopor de la anestesia, la boca abierta y vulnerable ante el instrumental, hacen casi imposible ir más allá del influjo de esos ojos verdes. De todas formas con las persianas abiertas, mucho mejor
;)